Hay una energía que no se mide en kilovatios, que no aparece en las facturas
eléctricas ni en las estadísticas de producción renovable. Es la energía de las
personas que emprenden, de las pequeñas empresas que arriesgan y de los profesionales que, desde los pueblos y comarcas, contribuyen a transformar el mundo que les rodea. Una energía discreta, cotidiana, que tiene Heliotec, empresa nacida en la Vall d'Uixó en 2006, un buen ejemplo de cómo las pymes pueden contribuir a construir un futuro más sostenible.
Heliotec celebra este año veinte años de trayectoria. Dos décadas trabajando en las energías renovables, superando dificultades, incorporando tecnologías y acercando la energía del sol a viviendas, explotaciones agrícolas, industrias y servicios. Una historia empresarial que forma parte de una transformación mucho más amplia: la transición energética de la Comunitat Valenciana.
Hablamos a menudo de grandes parques solares, aerogeneradores, redes eléctricas y millones de euros en inversiones. Pero olvidemos una parte fundamental de esta
transformación: las pequeñas y medianas empresas que hacen posible que las
renovables llegan a la vida cotidiana. Empresas arraigadas en el territorio que generan empleo, acumulan conocimiento y convierten los avances tecnológicos en
soluciones reales.
Cabe recordar cómo era el panorama energético de hace veinte años. La fotovoltaica resultaba cara, el autoconsumo era prácticamente desconocido y buena parte de la sociedad consideraba a las renovables una alternativa lejana, reservada a unos pocos entusiastas. Instalar placas solares exigía conocimiento, convicción y confianza en el futuro. No era una moda ni un negocio fácil. Era sobre todo una apuesta.
En ese contexto nació Heliotec, impulsada por Pedro Castilla, junto a sus socios Jose Segarra Murria y Josep Antoni Nebot, y que continúa desarrollando un proyecto empresarial construido sobre el conocimiento técnico, la experiencia y la confianza. Una trayectoria particular que representa otras muchas iniciativas nacidas en nuestro territorio.
Aquellas primeras empresas tuvieron que asumir una labor que iba mucho más
allá de vender e instalar equipos. Debían explicar las tecnologías, demostrar su viabilidad, calcular consumos, tramitar permisos y convencer de que aprovechar la energía del sol era posible. Cada instalación era una experiencia nueva y, de alguna forma, una pequeña victoria cultural.
En esos años, la energía solar térmica tenía un protagonismo considerable.
También se desarrollaban instalaciones fotovoltaicas aisladas, sistemas de
bombeo solar, minieólica y otras soluciones adaptadas a necesidades concretas. La transición energética no empezó con los grandes anuncios institucionales. Hacía años que se construía, instalación en instalación, gracias a empresas como Heliotec.
Un ejemplo significativo fue el primer autoconsumo legalizado en la Comunitat
Valenciana, diseñado y ejecutado por Heliotec en el supermercado de la Cooperativa Agrícola San Vicente Ferrer, en la Vall d´Uixó. Su importancia no residía tanto en las dimensiones como en lo que representaba: demostrar que una cooperativa podía producir una parte de la electricidad que necesitaba. La innovación dejaba de ser un discurso para convertirse en una realidad sobre la cubierta de un edificio.
Pero el camino de las renovables no fue precisamente una línea recta. Las
recortes de las retribuciones fotovoltaicas iniciadas en 2010 alteraron las
previsiones económicas de numerosos proyectos. Muchas empresas desaparecieron y otras tuvieron que reinventarse. Luego llegaría el llamado «impuesto al sol», en 2015, con cargos y exigencias administrativas que desincentivaban el autoconsumo.
Resultaba paradójico que, en una tierra privilegiada por la radiación solar, producir electricidad aprovechando el sol se convirtiera en una carrera de obstáculos. La supresión de esos cargos, en el 2018, abrió una etapa más favorable, pero el sector había perdido oportunidades, empresas, profesionales y confianza. Heliotec supo adaptarse a estos cambios y mantener su actividad.
Hoy, las renovables forman parte de nuestra realidad. Las instalaciones fotovoltaicas aparecen sobre cubiertas industriales, viviendas, cooperativas y edificios públicos. El autoconsumo colectivo y las comunidades energéticas abren nuevas posibilidades para que la ciudadanía participe directamente en la producción y gestión de la energía.
Y detrás de buena parte de estas instalaciones siguen existiendo las pymes. Empresas que diseñan, calculan, tramitan, instalan, reparan y mantienen. Que forman profesionales, incorporen tecnologías y establezcan relaciones de confianza con los clientes. Esta proximidad tiene un valor extraordinario: una empresa arraigada en una comarca conoce el territorio, las actividades productivas y las necesidades del vecindario.
En una comarca como la Plana Baixa, esta realidad es especialmente significativa.
La agricultura necesita energía para regar y mantener su producción. La industria cerámica afronta el reto de reducir consumos y emisiones sin perder
competitividad. El comercio y los servicios necesitan también adaptarse a un escenario energético y climático cada vez más exigente.
Pero la transición energética no debería limitarse a sustituir unas tecnologías por otras. También debe servir para reforzar las economías locales, crear empleo cualificado y reducir dependencias. Sería una incongruencia que nuestros territorios se limitaran a aportar suelo, paisaje y recursos mientras buena parte de los beneficios se concentran lejos.
Veinte años después del nacimiento de Heliotec, lo que parecía una extravagancia
tecnológica se ha convertido en una opción habitual. Su trayectoria representa el valor de muchas pymes valencianas que han contribuido, con trabajo y perseverancia, a hacer realidad la transición energética.
Redacció | Fotografías: Redacció
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