La dedicación del templo San Juan Pablo II en Benicasim y la consagración de su altar
Tras años de espera y de trabajo, este domingo dedicaremos el templo San Juan Pablo II en Benicasim y consagraremos su altar. Es un día de alegría y, sobre todo, un día para la acción de gracias a Dios por cuantos han colaborado en su construcción.
Muchos se preguntan qué significa dedicar un templo y consagrar un altar. La dedicación de un templo es mucho más que la inauguración de un edificio. Al dedicarlo, el templo queda destinado de manera permanente a Dios, a la proclamación y escucha de su Palabra, a la oración, a la celebración de los sacramentos y al encuentro con Dios y con los hermanos. Dios está presente en todas partes; pero el templo dedicado un signo visible de su presencia. El templo dedicado es a la vez la casa de la comunidad. Aquí los fieles se reunirán en el nombre del Señor para escuchar la Palabra de Dios, orar, celebrar la Eucaristía, recibir la gracia de los sacramentos y renovar su esperanza.
En el corazón de la celebración se encuentra la consagración del altar mediante su unción con el santo Crisma, óleo consagrado y perfumado. Este rito nos remite a Cristo, el Ungido de Dios, enviado para anunciar la Buena Nueva y para ofrecerse por nosotros para el perdón de los pecados. El altar representa a Cristo mismo, sacerdote, víctima y altar, que, con su sacrificio instaura la nueva y eterna Alianza de Dios con la humanidad. Sobre el altar se hará presente sacramentalmente el sacrificio pascual del Señor, que se da en comunión como alimento que sostiene la vida cristiana. Toda la vida de la Iglesia nace de Cristo y encuentra en Él su centro.
La liturgia de la dedicación nos introduce asimismo en el misterio de la Iglesia, edificada por Cristo como la morada de Dios entre los hombres. La Escritura enseña que los cristianos somos templo de Dios (cf. 1 Cor 3, 16) y que, edificados sobre Cristo, estamos llamados a ser piedras vivas de su Iglesia (cf. 1 Pt 2,5). Por eso, la dedicación de este templo a Dios exhorta a renovar la propia consagración bautismal. No basta con disponer de una nueva y bella iglesia; es necesario que quienes se reúnen en ella formen una comunidad viva, unida a Cristo por la fe y la vida de la gracia, sostenida por la esperanza y animada por la caridad.
La dedicación de este templo nos recuerda finalmente la misión evangelizadora de toda comunidad cristiana. No levantamos templos para encerrarnos en ellos, sino para encontrarnos y unirnos con el Señor y recibir de Él la fuerza necesaria para salir a anunciar el Evangelio. Una comunidad que recibe el amor de Dios no puede guardarlo para sí misma; ha de llevarlo a las familias, a los jóvenes, a los ancianos, a los enfermos, a los pobres y a los más vulnerables, a todo lugar donde transcurre su día a día.
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