Una escuela cansada: el agotamiento del profesorado valenciano impulsa la huelga educativa
En educación, como en casi todo, lo importante no sucede de un día para otro: una huelga no nace por un calendario, sino por un cansancio acumulado entre docentes y comunidades escolares.
Durante años, los centros han funcionado gracias a un colectivo que ha sostenido el sistema a pesar de la burocracia, la inestabilidad y la sensación de no ser escuchados. El Botànic dio pasos, pero también dejó más burocracia, implantaciones precipitadas y una cultura de papeleo que convirtió a muchos docentes en gestores improvisados.
La gestión actual, lejos de afrontar este desgaste, lo ha alimentado con confrontación, improvisación y menosprecio. Bloqueo de negociaciones, declaraciones incendiarias y una obsesión por desarmar más que por construir; como si gobernar consistiera en demostrar quién manda en lugar de entender lo que ocurre en las aulas.
Cambiar de caras no es escuchar.
En medio de todo, hay una cuestión que atraviesa cualquier debate educativo en el País Valenciano: la lengua. El valenciano no es un detalle curricular ni una batalla decorativa; es una infraestructura cultural, memoria y cohesión que nos permite ser un país y no solo un territorio.
La derecha valenciana -- PP y Vox -- ha decidido convertir la lengua propia en un problema político. No es casualidad: es estrategia.
No se trata de porcentajes lingüísticos ni de horas lectivas; se intenta convertir el valenciano en una lengua cada vez menos visible y más apartada de la vida pública. Para ello basta desgastarla poco a poco, cuestionarla, reducirla y apartarla de los medios, de las instituciones y de las aulas, repitiendo que protegerla es un exceso.
Curiosamente, nadie habla de la posición dominante del castellano. El problema, dicen, es la lengua que intenta sobrevivir sin todo el poder a su favor.
Mientras tanto, la escuela pública sostiene el peso real del sistema: diversidad, alumnado vulnerable, necesidades especiales, desigualdades y falta de recursos. Pero las presiones presupuestarias y la agenda política suelen priorizar la privada concertada.
La huelga no es solo laboral; es un grito cívico. Los docentes defienden una educación que cohesione, una lengua que explique quiénes somos y una idea de País. Cuando la sociedad permite degradar la escuela pública, lo que se quiebra no es solo el sistema: se quiebra la idea de comunidad.
La educación no debería ser un campo de guerra partidista; cuando se gobierna a golpe de titulares y de cálculos electorales, las aulas se quedan en trincheras.
La huelga pasará; si el malestar no se resuelve, se quedará.
El futuro del valenciano y del País depende de entender que una escuela sin respeto, sin recursos y sin lengua es una escuela que renuncia a su función fundamental: construir ciudadanía.
Cuando un gobierno confunde autoridad con imposición, pierde ambas; cuando confunde la lengua con un obstáculo, también.
Remitido | Fotografías: Remitido
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